miércoles, 15 de mayo de 2024

367. Sade, Gaza

 Explica muy bien Ana Carrasco-Conde en su Decir el mal (§347), siguiendo la interpretación de la Escuela de Frankfurt, cómo las prácticas de maldad extrema descritas por el Marqués de Sade en su  castillo imaginario, y sus presupuestos intelectuales y morales, encierran elementos utilitarios (eficacia), kantianos (deber) y estoicos (impasibilidad) aparentemente respetables o, al menos, inocuos. La banalidad del mal (Arendt), una vez más. 

"El resultado es una naturaleza destructiva canalizada fríamente por la razón a través del cálculo y la medida, es decir, de una ratio que funciona automáticamente alimentada por la pulsión de muerte. Una razón que construye un armazón que produce destrucción y que es incluso creativa para mejorar sus procesos." *

Mientras leía esto me encontré pensando, de repente, en la maquinaria de guerra (en realidad, más allá de la guerra, exterminio), guiada en parte, cómo no, por inteligencia artificial, que el ejército de Israel ha desplegado en Palestina. Frente al creciente tecnofascismo que sostiene y justifica este horror, tan banal, aparentemente, ¿qué podemos hacer como testigos, como voyeurs, de ese espectáculo sádico? O mejor, ¿qué hacemos? (nos pregunta el Aliosha que, con suerte, aún llevamos dentro).


* Carrasco-Conde A. Decir el mal. Comprender no es justificar. Barcelona: Galaxia-Gutenberg, 2021, pp. 143-144.

domingo, 12 de mayo de 2024

366. Inteligencia artificial y escritura natural

Mi trabajo científico, profesional, más que la moda y el entusiasmo general frente a cosas como el ChatGPT, me ha llevado a tomarme en serio la inteligencia artificial (IA). La imagen digital, en la que navego (la pantalla), frente a la analógica, que veo (el microscopio). Mayor rapidez, más precisión, mayor capacidad para guardar (memoria) y compartir con otros, y para medir, cuantificar, analizar. La posibilidad de encontrar patrones en poco tiempo, analizando cientos o miles de imágenes, algo que me llevaría (me ha llevado, de hecho) años con el microscopio (y con algo así como una mezcla de pasión y paciencia). 

Hay algo ahí, sin embargo, que me tranquiliza, o que, por decirlo de otra manera, no me escandaliza. La imagen digital, digitalizada, con la que trabajo es la misma que veo al microscopio (aunque, en muchos aspectos prácticos, resulte mejor). ¿Ocurre lo mismo con los textos? 

Mi relación con los textos escritos, si excluyo aquellos que tienen que ver estrictamente con ese trabajo científico (informes y artículos científicos, impersonales*, los primeros altamente protocolizados, y los segundos casi siempre elaborados colectivamente), es diferente; como lector (y anotador) de textos literarios y filosóficos, y como escribidor (de muchas notas y de unos pocos, esporádicos, artículos, estos sí, muy personales). 

Es posible que la IA generativa (la que puede producir textos originales por sí misma) ponga de manifiesto una diferencia más (o una esencial) entre lo científico y lo literario/filosófico. ¿Puede la IA potenciar ese carácter colectivo e impersonal (¿objetivo?) de los textos (supuestamente) científicos? Parece posible, si reducimos lo científico a los datos y eliminamos el pensamiento. Sin embargo, ¿a quién le puede interesar un texto literario o filosófico (digamos un poema, pensando con Santayana en los poetas-filósofos) no escrito por nadie

Heidegger propuso diferenciar entre la escritura auténtica (a mano) y la inauténtica (a máquina), y es posible que la IA no sea sino la extensión al límite de esa escritura inauténtica. ¿Por qué habríamos de privarnos del placer, de la dificultad, de pensar y de expresarnos por escrito? Y de reencontrarnos y reconocernos ahí (también unos a otros), como en un reflejo, en una huella o en un dolor.


* Algo que se entiende (aunque nunca lo entendí bien) que tiene que ver con la objetividad del trabajo científico. 




lunes, 6 de mayo de 2024

365. Sit venia verbo

 La lectura de Plessner (§364) me ofrece también (no importa ahora con qué motivo, en qué contexto), esta frase latina, como tantas (aurea dicta), de sabiduría concentrada. ¡Qué sabios eran estos filósofos, científicos, historiadores, médicos, de las primeras décadas del s. XX! ¡Quién pudiera hoy abarcar tanto (no con los datos, sino con la mirada)!

El caso es que el latín me lleva lejos del texto en que está inscrito, hacia mis propias ensoñaciones (decía Rousseau). Con permiso de la palabra. Como cuando uno dice su palabra, sus palabras, en minoría, frente al discurso ambiental. Y aunque no llegue a decirlas, como cuando las piensa. Con permiso, sí, que no estamos solos, pero tampoco callados.



sábado, 4 de mayo de 2024

364. Escribir bien

 Eso se pro-pone todo el mundo cuando se pone a hacerlo, supongo. No sé si un fin, un medio o las dos cosas a la vez. Ha surgido la cuestión con unos amigos, hablando de Chirbes, durante unos días espléndidos en Levante, muy cerca de su tierra chica (natal y lo contrario). También por lo que encuentro en la web que dijo Saramago sobre Gonçalo M. Tavares*: "No se puede escribir tan bien a los 35 años, dan ganas de pegarle un puñetazo en la cara."

Me propongo, pues, dedicarle un tiempo de lectura (y degustación) a los dos, a Chirbes y a Tavares. Aprovecharé, ahora que estoy leyendo intensamente a Helmuth Plessner (los artículos sobre la memoria siguen su curso), para pensar en esto en términos de expresión, de expresividad, una característica esencial del ser humano para el filósofo-antropólogo alemán. Y de algo que me parece intuir: se escribe bien cuando se consigue decir aquello que realmente se quería decir (y que solo se puede alcanzar escribiéndolo, to ti en einai).

Escribir bien, tan bien, es un don, y en nuestra vida de lectores no hay mejor regalo que descubrir, de vez en cuando (leyendo bien), a uno o una de quienes han recibido, con su propia vida**, ese don.


* Descubro a Tavares, poeta y autor de novela y teatro, en mi exploración permanente de poetas portugueses, ahora en el precioso librito Os cem melhores poemas portugueses dos últimos cem anos (Lisboa: Companhia das Letras, 2023). Me lo regaló en Oporto el residente que me descubrió el Sísifo de Torga, al día siguiente de que Oporto me recibiera precisamente con ese poema (§358).

** Se me escapa aquí un asunto con el que llevo un tiempo ocupado, de la mano de Derrida, Heidegger y otros: la vida como un don. Un asunto difícil.