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sábado, 8 de noviembre de 2025

445. Respeto y perdón

 Llevo poco más de dos meses viviendo en mi nueva casa, haciéndomela poco a poco cada vez más familiar. O es ella, quizás, la que, con pequeñas indicaciones, sugerencias, se me va haciendo más acogedora cada día. Libros y plantas, luz y temperatura, esos podrían ser los cuatro elementos con los que se va formando esta casa. 

El aparcamiento, subterráneo, es cómodo y permite acceder directamente a las viviendas. He recorrido muchas veces en estos dos meses ese corto camino entre el coche y el ascensor cargado con cosas, bolsas, paquetes y cajas de todo tipo (y también con libros y plantas). 

En una ocasión, creo que bastante al comienzo de mi mudanza, estaba haciendo la maniobra para aparcar en el espacio correspondiente a mi casa, y dejé el coche parado un momento para descargar una caja o algo grande que no podría haber sacado del coche una vez aparcado. Otro coche, al que le estaba bloqueando el paso, se detuvo entonces delante del mío, y se bajó el conductor, un hombre más o menos joven, que vino caminando hacia mí. Recuerdo bien que en el asiento del acompañante había un chaval que parecía algo asustado.

- ¿Es que piensas que mi tiempo no vale una mierda como para que tenga que esperar a que termines con lo tuyo?

 Qué buen recibimiento, pensé, mientras me disculpaba y corría a mover el coche para dejar libre el paso. Quién fuera McEwan para describir con toda su profundidad emocional y vital una situación de violencia gratuita como esta. Eso lo pensé más tarde, y también hice para mí algunas consideraciones más o menos tópicas sobre las circunstancias vitales que pueden llevar a alguien a comportarse así. En fin, solo podía esperar no encontrarme con frecuencia con este peculiar vecino automovilístico (su plaza de garaje está bastante cerca de la mía).

Hoy me lo he vuelto a encontrar. Salía yo de mi coche, ya aparcado, esta vez descargando unas cuantas plantas, y vino caminando hacia mí despacio y con el gesto amable.

- Disculpa, llevo todo este tiempo esperando a encontrarte de nuevo aquí. Quiero disculparme por mi conducta del otro día, fue impresentable, y así me lo hizo saber mi hijo. Lo lamento mucho.

Se ve que necesitaba hacerlo, disculparse, y el tono era totalmente sincero y cordial. Nada hombre, no pasa nada, disculpas recibidas y aceptadas, y además se agradecen; eso le respondí, casi como disculpándome yo por lo mal que lo había pasado él.  

Venía pensando estos días atrás en anotar algo que recordaba del reciente discurso de Byung-Chul Han en la entrega del Premio Princesa de Asturias (comentado dos QSY más atrás). Hacia el final de su discurso dice Han, y lo dice de una manera que nos indica que es algo importante para él, que está trabajando últimamente sobre el respeto, y la clara pérdida del respeto esencial entre las personas en esta sociedad nuestra que él ha sabido criticar tan certeramente. 

Este vecino mío no me trató con respeto en nuestro primer encuentro, eso parece claro, y sin embargo hoy, cuando nos hemos vuelto a encontrar, se ha ganado, por así decirlo, mi respeto. Y este nuevo respeto mío está mediado por sus disculpas y mi perdón. Es notable esta relación posible entre el respeto y el perdón, o la capacidad de pedir perdón y de perdonar. El per-dón se da, se dona, y estaría bien que Han, que ha escrito sabiamente sobre el don, explorara en profundidad esa relación. 

 

 

martes, 9 de junio de 2020

164. McEwan y los gorriones de Yeats

Me siento interpelado, aludido, por McEwan en su búsqueda insomne de un verso de Yeats a través de la trama de su biblioteca y su memoria adolescentes*. Así viven los versos en nuestra memoria (en nuestro cuerpo), como los memes de Dawkins, atrapados y atrapándonos; ocultos en las "galerías del alma" (Machado), dejando a veces mínimamente al descubierto esa clave que nos permitirá "reproducir su movimiento original" (De memoria, Aristóteles) y devolvernos así fugazmente momentos anteriores, pequeños, intensos y hondos, también luminosos, de nuestra vida.

Me gustaría imaginar que el novelista encontró un buen día (una buena noche) estos QSY (§128) en su inquieto (y al parecer productivo) confinamiento, y que también anduvo persiguiendo versos de Yeats, él sí, en sus propias huellas adolescentes, sin recurrir a Internet. Ahí están enterrados nuestros versos, en la arqueología profunda de lo que venimos siendo. Podría imaginar también, por qué no, que aquella búsqueda del Ozimandias de Shelley (también con la ayuda de Internet) resuena en otro lugar de su texto (§143). "El propio tiempo está cambiando. Se extiende por una vasta llanura a nuestro alrededor, dispersándose, quizá a punto de desaparecer."

¿Qué homeros de nuestra paideia podemos compartir con un escritor tan admirable como McEwan? ¿Cómo, viniendo de lenguas diferentes (de poetas casi siempre diferentes), podemos encontrarnos en esa inmensa casa del ser** que es el lenguaje humano?

Del poema que buscaba McEwan hay tres versiones (de 1891, 1892 y 1925***), y solo las dos últimas fueron publicadas. Estos son los versos (primer cuarteto, 1892) que él buscaba aquella noche (The Sorrow ofLove):


"The quarrel of the sparrows in the eaves,
The full round moon and the star-laden sky,
And the loud song of the ever-singing leaves
Had hid away earth's old and weary cry.
(...)"
                                                 
"La disputa de los gorriones en el alero,
La luna llena completa y el cielo cargado de estrellas,
Y la canción potente de las hojas eternamente sonoras
habían ocultado el antiguo y cansado lamento de la tierra."

Un placer, Sr. McEwan, hasta la próxima. 



* https://elpais.com/opinion/2020-05-09/notas-sobre-el-coronavirus.html

** M. Heidegger. Carta sobre el Humanismo.

*** https://www.uv.es/fores/poesia/sorrowlove.html



sábado, 7 de septiembre de 2019

85. Un placer infantil


“Nunca había perdido aquel placer infantil de ver páginas cubiertas por su propia escritura.” (I. McEwan, Expiación)

Ni siquiera hace falta que sean páginas. Basta con que algo salga de la mano y de la pluma, tenga sentido y produzca alguna satisfacción. Escribir algo es haberlo escrito (enérgeia), diríamos en clave aristotélica ("vivir es haber vivido").