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domingo, 28 de junio de 2026

489. Querer decir

 Hace ya algunos años (en tiempos pre-pandemia, suelo decir) me propuse iniciar una tesis doctoral de Filosofía que quedó después sumergida en parte por una avalancha interminable de trabajo científico-profesional; aunque, quién sabe, quizás haya tiempo más adelante para desarrollarla. Hay ya mucho material organizado, trabajado, y algunos textos escritos. Sin embargo, como era de esperar, en estos años el tema, las preguntas iniciales, han ido desplazándose y creciendo conmigo, con mi propia experiencia filosófica. Discutí mucho al principio con mi directora, Teresa Oñate, a quién, siempre que puedo, le agradezco su cálida acogida y su paciencia infinita. Comentamos algunos índices iniciales, y también el título, al que yo quería darle un tono de manifiesto. "¿Qué significa vivir?" fue mi propuesta inicial (seguida de varias posibles versiones de un subtítulo que aludía a un diálogo, a este respecto, de Heidegger con Aristóteles y Nietzsche). Teresa sugirió entonces una variante: "Qué quiere decir vivir?" La acepté inmediatamente, claro. Sí, hay una torsión (quizá varias) entre "querer decir" y "significar", y hay también en "querer decir" una polisemia más o menos discernible.

En el QSY inmediatamente anterior (§488), hice referencia a un texto en el que Zizek se hace eco de los argumentos del papa León contra la IA* y los lleva algo más lejos. "Para un algoritmo, un error es un defecto que debe corregirse; para una persona, sin embargo, un error puede ser el catalizador de una transformación profunda". Esto dice la encíclica, y al leerlo he recordado este párrafo de aquella contribución mía al congreso de 2024 sobre Foucault

"En uno de sus últimos textos publicados en vida, La vida, la experiencia y la ciencia, Foucault considera Lo normal y lo patológico el texto más importante de Canguilhem, y destaca el papel del error en la concepción del ser vivo y de la vida humana por parte de Canguilhem. «En el límite, la vida –de ahí su carácter radical– es lo que es capaz de error»[1]. Pero entiéndase (siguiendo ahora el texto de Canguilhem) que aquí el error no equivale a lo patológico, y está más bien asociado a las características individuales de cada ser vivo, de la variabilidad biológica; y que lo normal tampoco equivale a la salud. Salud y enfermedad se inscriben en otro plano. Sigamos ahora con Canguilhem: «(…) la vida en el estado patológico no es la ausencia de normas, sino la presencia de otras normas.»[2] «El hombre no es verdaderamente sano más que cuando es capaz de muchas normas, cuando es más que normal.» «(…) la salud es el lujo de poder caer enfermo y levantarse.»[3]" **

 La expresividad, la necesidad de expresarse de todos los modos posible, no solo a través del lenguaje natural, constituye para Helmuth Plessner una de las leyes antropológicas fundamentales***. Y es inherente a esa ley el que exista siempre una fractura entre lo que se intenta expresar y la expresión resultante. Como si siempre estuviéramos cometiendo algún error al expresarnos. Lo que hace interesante un gesto, un texto o un acto humano, a diferencia de los de un agente de IA, es lo que quiere decir, aunque muchas veces no logre hacerlo con precisión, y es quizás esa imprecisión, como sugiere Zizek, lo más auténticamente humano que llegamos a decir.

 

* Zizek, S. ¿Quién es el anticristo hoy? Revista "Perfil" (09/06/2026): https://www.perfil.com/noticias/opinion/quien-es-el-anticristo-hoy.phtml

**  Rábano, A. Memoria y contra-memoria en Michel Foucault: entre la biología y la biopolítica. En: Tras el efecto Michel Foucault: hermeneútica actual de la locura y la salud mental. Coords., T. Oñate y Zubía, A. Toro Murillo, F. Gilabert, O. Gómez Millón. Madrid: Dykinson, 2025.

*** Plessner, H. Los grados de lo orgánico y el hombre. Introducción a la antropología filosófica. Granada: Editorial Universidad de Granada, 2022.


[1] Michel Foucault, y Luis Alonso Paláu. “La vida: la experiencia y la ciencia”. Sociología: Revista De La Facultad De Sociología De Unaula, (18) (1995): 7–16.

[2] Georges Canguilhem, El conocimiento de la vida (Barcelona: Anagrama, 1976), 197.

[3] Canguilhem, El conocimiento de la vida, 198.

 

 

domingo, 12 de abril de 2026

478. Kallifatides y el sentido de la vida (y de la muerte)

 "Alguien dijo que si uno no puede morir por algo, a la postre muere por nada.
¿Había algo por lo que yo pudiera morir?
Era una pregunta antigua. La mayor parte del adoctrinamiento ideológico cuando crecemos era precisamente aprender por qué merece la pena dar la vida.
(...)
La cuestión seguía en pie: ¿había algo por lo que yo pudiera morir?
(...)
La respuesta es que no. En cambio sí hay alguien por quien moriría. Mis hijos." * 

Desde hace ya bastantes años intento (con la ayuda de Heidegger y otros/as) llevar a sus últimas consecuencias existenciales el zoon logon echon aristotélico. Eso somos, seres vivos, animales, animots (Derrida), seres vivos que hablan y piensan y escriben; y que se quieren (y es mucho lo que hablan, piensan y escriben sobre eso).

Kallifatides, con su característica sencillez formal, nos da una clave de nuestra singular animalidad. ¿Por quién si no?

 

 * Kallifatides, Theodor. Una mujer a quien amar. Traducción de Carmen Montes Cano y Eva Gamundi Alcaide. Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2025 (pp. 141 - 145)

 

 

sábado, 21 de febrero de 2026

472. ¿Evidentemente?

 Será la edad (la mía, ya un poco avanzada, y también la de esta época desconcertante de retrocesos y derrotas), pero me fatigan cada vez más los discursos compactos, estereotipados, tópicos (alimento idóneo para la IA) que escucho cada día en ámbitos muy diferentes. En el científico (y profesional, en mi caso), en el discurso político (salvo algunas excepciones), lo mismo que en la radio (también con excepciones interesantes), el taller del coche o en el supermercado. Me cansa tanta seguridad impostada, o más bien mimetizada e irreflexiva. Si no lo dices todo rápidamente y de un tirón es que no sabes de lo que estás hablando. El cuñadismo, el tertulianismo, tan ligados a la comunicación inmediata, son manifestaciones superficiales, posiblemente, de una tendencia profunda que tiene que ver con la evolución histórica del saber (los saberes) y del ejercicio del poder (biopoder)*. Pensar lo que se dice, lo que se va a decir, lo que se sabe, lo que se cree; habría que poner en marcha (y quién podría hacerlo si no es la filosofía) unas campañas públicas que promovieran la reflexión, la pausa, el silencio, la duda, una cierta prudencia reflexiva, por decirlo en términos aristotélicos. Y la lectura, esa práctica profundamente humana que nos enseñó a conversar con nosotros mismos y con los demás.

 

 * ¿Puede haber alguien más inerme frente al poder que quien "lo tiene todo clarísimo"?

 

 

sábado, 10 de enero de 2026

461. La memoria del cuerpo

 Después de años −décadas, quizás− de habituar mi cuerpo a un rango muy limitado de movimientos, por más que a veces, dentro de ese rango, haya llegado a hacer un nivel de ejercicio bastante intenso, siento ahora la necesidad de ampliarlo mediante unas tablas de ejercicios que sean mucho más completas (y adecuadas a mi edad). Algo parecido me está ocurriendo con la lengua alemana, que en algún momento de la infancia fue mi L2, y me pregunto ahora en qué medida puedo recuperarla para una lectura habitual y fácil de textos literarios, también poesía, y filosóficos. Noto que en ambos casos el límite, la rigidez, el olvido (en gran parte reversible) está en mi cuerpo, frío y seco, como vio (acertadamente) el envejecimiento Aristóteles en los Parva Naturalia. Sin embargo, parece que todavía hay margen, hay reserva para atender al imperativo pindárico ("llega a ser el que eras"). El que pueda ser. 

 

 

miércoles, 28 de mayo de 2025

417. Escritos exotéricos y esotéricos

 En enero de 2019, mientras se estaba gestando la biografía de Faustino Cordón, escribí una nota para aclararme un poco las ideas. Después la perdí, o al menos la perdí de vista. Se quedó, como archivo de Word, en algún lugar poco visitado. A veces, cuando la he recordado durante este tiempo (hasta la publicación del libro), tenía una sensación algo incómoda de haber "pecado" un poco contra la ciencia (en el caso de Cordón) o contra la filosofía (en el caso de Lledó, de quien también hablaba en esa nota). Ahora, en la preparación del artículo sobre los priones, la he recuperado, y la dejo aquí para que no se me vuelva a "trasarchivar":

 Me propongo responder a la pregunta que nosotros mismos nos hemos formulado (cuál ha sido el impacto de la obra de Faustino Cordón en la ciencia actual), y reconozco que no encuentro el marco adecuado para la respuesta. Así de personal, de singular, fue la vida y la obra de Faustino.

Esta mañana he estado revisando todas las páginas web que podrían darme algunas claves para la respuesta. He encontrado referencias, siempre interesantes, en algunas páginas institucionales (p. ej., de la Real Academia de la Historia), un mayor número de referencias a su labor como traductor de Darwin y de otros biólogos darwinistas, pero no citas académicas de su obra, salvo en el Diccionario de P. Tort. Esta es la realidad, Faustino no ha tenido (“aún”, como recuerda Gustavo Bueno en la citada referencia de la RAH) un impacto (para utilizar un término habitual en la ciencia actual) en el mundo científico académico. Eso no implica en absoluto que no lo pueda tener en el futuro.

En nuestras conversaciones anteriores, hemos hablado de figuras como A. Damasio, S. Jay Gould o R. Penrose, que son científicos con un alto nivel de impacto académico, en el sentido tradicional, y también (mucho más, posiblemente) en el mundo de la divulgación o de la cultura científica. Podemos buscar (y encontrar) algunas analogías entre los enunciados teóricos de estos autores y los de Faustino. Eso puede ser interesante desde el punto de vista de la Historia de la Ciencia, pero creo que no iría más allá algunas analogías formales y, sobre todo, de la participación en una tradición común, científica, darwinista y materialista, con los matices propios de cada autor.

Me parece que, en relación con Faustino, debemos enfocar la cuestión de otro modo. Para ello creo que debemos separar los aspectos generales, culturales, de su obra, de lo que podríamos llamar sus aspectos “técnicos”. Esto es algo que ocurre con frecuencia en el ámbito filosófico. Hay filósofos (y economistas, historiadores, filólogos, etc.) que se hacen bastante populares durante un tiempo porque enuncian o promueven determinadas ideas, que por lo general se insertan en una tradición determinada, y que escriben libros muy leídos (al menos durante unos años), pero cuyas aportaciones “técnicas” originales a la filosofía contemporánea (o a la disciplina correspondiente) son más difíciles de alcanzar para el lector no especializado (entre otras cosas, porque no suelen ser fáciles de entender). Pero hay otros filósofos, y pienso ahora en nuestro respetadísimo Emilio Lledó, que conocemos solo por sus aportaciones generales a la continuidad de la mejor tradición filosófica occidental, la que procede de la Grecia clásica más auténtica. (También podríamos considerar la figura de Agustín García Calvo, pero creo que Lledó se ajusta mejor a lo que quiero decir). Lledó tiene, con toda seguridad, una obra más “técnica”, en el sentido académico, pero no es la principal. La obra que vengo siguiendo desde hace ya décadas tiene una gran altura filosófica (pocos autores escriben y hablan de Platón como él), pero no es (ni pretende ser) una obra “técnicamente” original. Lledó se propone ofrecer a nuestras generaciones de estudiantes y lectores la oportunidad de leer y apasionarse con la cultura y la filosofía griegas (eso que conocemos todavía como Paideia), y con su inmensa estela en la historia del pensamiento occidental. Lledó cree, con razón, en el poder formador y transformador de la educación clásica y filosófica.

Creo que es este el lugar donde debemos situar a Faustino Cordón para evaluar el impacto cultural, científico y social de su obra. Lo que ha hecho Lledó con el pensamiento griego lo hizo Faustino con Darwin y el evolucionismo, y también con los principios racionales de la ciencia, y con la función de la ciencia en la educación y la cultura. Y con ello tuvo un gran impacto en muchas personas durante décadas, estudiantes, científicos, profesores, filósofos.  Ese lugar que estoy describiendo y en el que estoy situando a Faustino Cordón es el del maestro que sigue una tradición, la cultiva y la entrega a los demás, sus lectores, su escuela.

Ateniéndome al esquema que he planteado, creo que gran parte de lo que hemos venido considerando como obra “técnica” de Faustino no lo es realmente, sino que representa una extensión más o menos elaborada y especulativa del trabajo de enseñanza, de continuidad de la tradición darwinista en el que estaba embarcado. Creo que eso no lo vio él entonces, y tampoco lo vimos nosotros, sus discípulos. No estábamos, en gran medida, ante trabajo “técnico” original, sino ante determinados (y excelentes) desarrollos (en algunos casos personales, el de cada uno de nosotros) de esa tradición darwinista compartida por todos.

Faustino fue un maestro del darwinismo y de la racionalidad científica aplicada a todos los ámbitos de la realidad. Un maestro sin cátedra (académica) y sin escuela, pero con un impacto real sobre la cultura de su país y de su época.

Sí, también hay, con toda seguridad, una parte puramente “técnica” en su trabajo, especialmente el de los últimos años, cuando buscaba la coherencia total (con su modelo) de su interpretación de la evolución molecular. Eso es algo que, ciertamente, no parece haber tenido (“aún”, para recordar de nuevo a Gustavo Bueno) un impacto evidente en la ciencia actual. Sin embargo, es posible que eso no sea lo más importante de la obra de Faustino. (Hasta aquí la nota)

Esa diferencia entre lo técnico y lo divulgativo (qué poco me ha gustado siempre este término, que ahora se asocia tanto a ese otro, tan consumista, de "entretenimiento"; ¿no deberíamos decir simplemente "formativo"?) me parece ahora más abordable si establecemos una analogía (salvando las distancias de todo tipo, naturalmente) con la diferencia que se ha sugerido entre los escritos exotéricos (para cualquier ciudadano) y los textos esotéricos (para los alumnos del Liceo) de Aristóteles. Así lo plantearemos en el artículo. Aplicando ese criterio, por cierto, desaparece, creo, la antedicha sensación de "pecado".