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domingo, 23 de agosto de 2026

498. Las vacaciones, el descanso y el espacio abierto

 Unos días recientes de descanso pueden ser un buen motivo para pensar en qué consiste realmente esto de "desconectarse" en vacaciones; o por qué vuelve uno de estos retiros o viajes, más o menos prolongados, con un ánimo en cierto modo renovado. No quisiera perderme en consideraciones sobre lo "turístico" y lo ajeno que se ha ido volviendo todo eso para mí en los últimos años. En realidad, creo haber hecho poco turismo, más allá de haber visitado unos cuantos sitios interesantes más bien al acaso y preferiblemente a pie. Cada uno puede tener sus motivos o sus ganas particulares, más o menos conscientes, para irse de vacaciones, y tampoco voy a entrar en ese aspecto sociológico, pero una reflexión de este tipo, más bien banal, también podría ofrecernos alguna clave sobre lo que queremos dejar aquí cuando nos vamos, cuando nos ausentamos temporalmente (siempre con ganas y con cierta prisa). El contexto personal o familiar de las vacaciones, por último, es importante, naturalmente, pero no creo que afecte a lo que ocurre en el plano intencional y emocional que persigo ahora en esta breve reflexión (algo retrospectiva, como se verá a continuación).

 Unos pocos días tranquilos en el valle del Miño/Minho, en su tramo transfonterizo, me han hecho pensar que algo que me produce calma y sensación de descanso es el espacio abierto y claro, luminoso, como el que, de forma ejemplar pude contemplar desde Melgaço, hacia el Oeste en la dirección del curso del río, que allí queda oculto en el fondo del valle. O también en la ribera portuguesa del río, recorriéndola tranquilamente en bici, y disfrutando, casi en soledad, de una paz que solo en sitios como este es posible encontrar. Un espacio abierto, inmenso, y aun así de dimensiones humanas, asimilables, unitario y con sentido, por más que técnicamente (por decirlo de alguna forma), incluya dos países vecinos. Tanto da eso, aunque me sirviera en ese momento también para actualizar una metáfora geográfica, de hace algunos años, sobre mi condición híbrida (ciencia/filosofía), con motivo entonces de otro valle gallego (§224). Lo abierto (Das Offene), que me lleva, en uno de esos tránsitos que tanto me entretienen (así es mi Glasperlenspiel personal) a otro QSY más antiguo (§157) donde recordaba un artículo de Carlos Gurméndez en El País. Allí el filósofo y amigo, desde su Pontedeume vacacional (otro río y otro valle en Galicia), recordaba la crítica (filosófica, Auseinandersetzung) de Heidegger a Rilke sobre lo que significa el espacio abierto para el animal y para el hombre (Octava Elegía, Elegías de Duino). Como la cuestión es de las que me interesan especialmente, habrá espacio aquí en un futuro cercano para decir si en eso estoy con el filósofo o con el poeta. Es posible que el recuerdo de mi pequeño viaje por el valle del Miño me ayude a decidirme. 



sábado, 29 de noviembre de 2025

449. Epokhé

 Recuerdo las palabras (y la entonación característica) de Carlos Gurméndez cuando me hablaba de alguna crítica a la fenomenología (aunque en esa ocasión también mencionó a Tran Duc Thao, marxista y fenomenólogo, creo que hablábamos de Jindrich Zeleny, filósofo checo a quien yo estaba leyendo entonces): "es como si quisiéramos cerrar los ojos para ver". 

Hay tiempos, como este, en que la vida (la humana y personal, bios) sufre una reducción fenomenológica (epokhé) temporal, transitoria (esperemos), como si eliminando casi todo lo que antes la conformaba quisiera dejar ver (vivir) solo lo esencial.

 

 

sábado, 17 de octubre de 2020

181. El desánimo y la imagen

 Uno mismo es su primer lector, le escuché una vez a Marcial Suárez, autor (de textos y de actos*) de referencia en este blog. Releerse (como en general, releer) ayuda. El anterior #180, que sustituyó parcialmente al #180 original, devuelto este a su condición primera de borrador, me llevó a un cierto desánimo "sociológico". Hace un par de años comencé una mini-serie en este blog bajo el título genérico de aporías de la democracia. Algunas quedaron ya escritas, mientras que otras, aún borrosas (borradores), forman parte de este desánimo larvado** y recurrente. Una de ellas tiene que ver con la obligación política de convivir (coexistir) en un mismo país, valga la redundancia, con los/las que aquí muy acertadamente, con la imprecisión justa (sensu lato), llamamos fachas***. No con unos pocos fachas residuales, sino con millones de personas, también jóvenes (¡ay!) que se han tragado todo ese paquete ideológico de la peor de las Españas****. No se trata solo de personas, lo sabemos, que ya sería bastante, sino de estructuras socioeconómicas y sociopolíticas (esto es, ontológicas).

Ha venido en mi ayuda, sin embargo, en la referida relectura, el reciente (y relativamente más optimista) #177. Pensemos, me digo, en el extraño poder de las imágenes frente al que nos previene Emilio Lledó. Pensemos, un paso más, con cierto giro fenomenológico, qué sería todo ese mundo facha sin imágenes. ¿No es él mismo un resultado más, hipertrófico y grotesco, de ese pseudo-mundo creado por la publicidad y los medios de comunicación corporativos? No quiero decir que sin imágenes***** ese mundo facha desaparecería, sino que la mayor parte de lo que vemos de él, los gestos, las mentiras, el cinismo chulesco y provocador, se han hecho solo para la imagen (dirigida, corporativa, publicitaria), como los "argumentarios" en los que se inscriben. No, seguramente ese mundo no desaparecería, pero es posible que fuera (casi) irrelevante. Al menos para este desánimo.

Un amigo me contó hace poco que había dejado de tener televisión en casa. Sí, algo tan sencillo, dejar de verlos, podría ser una buena idea. También podríamos salvar las películas que vemos (una buena parte de la narrativa que necesitamos como un alimento), conservando esas pantallas (entre las otras muchas, seguramente hoy irrenunciables), y quedarnos con lo formal (y en consecuencia esencial) de ese gesto. No verlos, no escucharlos, no entrar, ni siquiera críticamente (¿para qué?) en esa trampa. Ponerlos entre paréntesis, como diría un fenomenólogo, dudar incluso de que algo así pueda existir en realidad, al margen de la pura propaganda. Si fuera posible, olvidarlos.


* Procede, creo, recordar aquí, de nuevo (con motivo del binomio autor/actor, precisamente en un dramaturgo) a su buen amigo Carlos Gurméndez, y su sartriano El hombre actor de sí mismo. Ensayo de una antropología dialéctica (Akal: Madrid, 1977). Otra de las obras del filósofo que leí con gusto.

** En fase larvaria, ¿y en la espera/esperanza de una próxima metamorfosis?

*** La cursiva pretende llamar la atención sobre la feliz confluencia en este término castellano, según el DRAE, de dos significados con origen en dos términos italianos diferentes, faccia y fascio, que nos llevan a distintas acepciones (poéticamente confluentes) en nuestro idioma: mamarracho y fascista.

**** En palabras de un tuit reciente del admirable (y lúcidamemente longevo) Edgar Morin, la de las "ruidosas botas" y también la de las "silenciosas pantuflas".

***** Recordemos aquí un momento al Peter Handke de La pérdida de la imagen o por la sierra de Gredos



domingo, 10 de mayo de 2020

157. El tai chi, la bici y el espacio abierto

Me propuse aprender tai chi durante este período de confinamiento. En realidad, no lo conozco nada bien, pero veo a la gente (desde la bici) practicarlo en los parques de forma individual o en grupo y parece algo agradable y sedante. Todo en nosotros es movimiento (el corazón lo mismo que el lenguaje o la imaginación), somos en movimiento, y precisamente en estos tiempos de reclusión nos damos cuenta de la medida en que somos también en loco-moción. El tai chi parece haber nacido en un encierro, y puede ser una solución a la aparente contradicción que implica el movimiento de locomoción sin desplazamiento del cuerpo, o con mínimo desplazamiento.

No, al final no lo he hecho, no sé si sabría aprender algo tan físico a través de vídeos. Mi locomoción, cuando no es motorizada (mi coche, mi caballo) y cuando no se trata sencilla, gozosamente (efecto esto de la reclusión) de caminar, es cuestión de pedalear, de montar en bici. Así, casi sin darme cuenta, he venido practicando durante estas últimas semanas (¿cuántas más serán?) una especie de tai chi-bici, que consiste en dar vueltas sobre la bici en un espacio de 10 x 2,5 m, aproximadamente. Vueltas lentas, reflexivas, contemplativas, como el tai chi, y otras furiosas, impacientes, como los pequeños descensos "a tumba abierta" (vaya expresión metafísica) que me permito a veces (ya menos) en el espacio abierto. Ahí empezamos a estar ahora, en el espacio abierto, gozosamente, con pequeñas salidas que se disfrutan, por el movimiento y por la novedad (otra forma de movimiento) de ver a la gente (O brave new world...) disfrutando de un paseo como del momento supremo del día.

Esta expresión, el espacio abierto, me ha llevado a un artículo de Carlos Gurméndez* de hace unos cuantos años que, con ese mismo título, escribió desde su casa de verano en Pontedeume, asomada  a la ría desde una empinada ladera, en un inmenso y magnífico espacio cerrado/abierto. Allí, en el artículo, están Rilke y Heidegger, muy oportunamente traídos a la cuestión de lo que el espacio del mundo representa en nuestra vida. Leí mucho a Gurméndez, muchísimo, durante aquellos años, y le agradezco, así lo hace mi memoria, haberle oído hablar por primera vez con pasión (y con aquella cadencia suya, característica) de filósofos como Heidegger, Santayana y Merleau-Ponty, que despues se quedaron conmigo para siempre. (Bx)


* https://elpais.com/diario/1992/06/24/opinion/709336801_850215.html