Lo
dijo Eugénio de Andrade, o más bien se lo dijo su voz poética a su
madre, heridas las dos:
"No mais fundo de ti,
eu sei que traí, mãe.
Tudo porque já no sou
o menino adormecido
no fundo dos teus olhos.
(...)
Mas tu esqueceste muita coisa;
esqueceste que as minhas pernas
cresceram,
que todo o meu corpo cresceu,
e até o meu coração
ficou enorme, mãe!
(...)
Mas ‒tu sabes‒ a noite é enorme
e todo o meu corpo cresceu.
(...)"*
También Claudio Rodríguez, su
voz poética, aun más herida, se lo dijo a su madre:
"Conmigo tú no tengas
remordimiento, madre. Yo te dejo lo
único
que puedo darte ahora: si no amor,
sí reconciliación. (...)
Sólo he crecido en esqueleto:
mírame.
Asómate como antes
a la ventana. Tú no pienses nunca
en esa caña cruda que me irguió
hace dieciséis años. Tú ven, ven,
mira qué clara está la noche ahora,
mira que yo te quiero, que es
verdad,
mira cómo donde hubo
parcelas hay llanuras,
mira a tu hijo que vuelve
sin camino y sin manta, como
entonces,
a tu regazo con
remordimiento."**
Decía Bergson que las
generaciones se inclinan unas sobre otras, y ahí están ‒eso lo digo yo‒ también
los hijos y los padres, los padres y los hijos, yendo y viniendo, doliéndose y
celebrándose. Crecimos, crecisteis, crecieron.
* Eugénio de Andrade, Poema à mãe, de Os
amantes sem dinheiro.
** Claudio Rodríguez, En invierno es mejor un cuento
triste, de Alianza y condena.