En algo así como una convergencia repentina entre bioética y biopolítica, encuentro una curiosa analogía entre el voto, p, ej., en estas Elecciones Generales que se avecinan, y el consentimiento informado (CI), como el que le pedimos todos los días a nuestros donantes de tejido para investigación (similar, por otra parte al que se nos solicita habitualmente ante procedimientos médicos o quirúrgicos que impliquen cierto riesgo). (Riesgo, por cierto, concepto insoslayable ante unas elecciones políticas). Cuando le ofrecemos a alguien un CI para que lo firme, hacemos a la vez varias cosas importantes. Le ofrecemos toda la información pertinente, y también la posibilidad de hacer todas las preguntas que le parezcan necesarias. Le explicamos que nada va a cambiar en su vida ni en la atención que reciba tanto si decide firmarlo como si no. También le decimos que no tiene que dar(nos) ninguna explicación en cuanto a por qué lo firma o si más adelante decide retirar su consentimiento. Todo ello es algo que se encuentra en el ámbito inalienable de su autonomía como persona. Esto, que se ha convertido en una práctica cotidiana para muchas personas, no deberíamos olvidarlo, quizás, cuando nos bombardean (casi literalmente, sobre todo la prensa) con los desencuentros políticos e ideológicos en el seno de la izquierda. Como bien nos recuerda (y recomienda) Byung-Chul Han en su último libro, más hablar y debatir entre diferentes (aunque a veces no se llegue a ningún acuerdo), y menos moralizar *.
Han, Byung-Chul. Sin respeto. Una crisis social. Barcelona: Paidós, 2026. A este respecto, es especialmente recomendable el capítulo Identidad y alteridad (p. 39 y ss.).