Será la edad (la mía, ya un poco avanzada, y también la de esta época desconcertante de retrocesos y derrotas), pero me fatigan cada vez más los discursos compactos, estereotipados, tópicos (alimento idóneo para la IA) que escucho cada día en ámbitos muy diferentes. En el científico (y profesional, en mi caso), en el discurso político (salvo algunas excepciones), lo mismo que en la radio (también con excepciones interesantes), el taller del coche o en el supermercado. Me cansa tanta seguridad impostada, o más bien mimetizada e irreflexiva. Si no lo dices todo rápidamente y de un tirón es que no sabes de lo que estás hablando. El cuñadismo, el tertulianismo, tan ligados a la comunicación inmediata, son manifestaciones superficiales, posiblemente, de una tendencia profunda que tiene que ver con la evolución histórica del saber (los saberes) y del ejercicio del poder (biopoder)*. Pensar lo que se dice, lo que se va a decir, lo que se sabe, lo que se cree; habría que poner en marcha (y quién podría hacerlo si no es la filosofía) unas campañas públicas que promovieran la reflexión, la pausa, el silencio, la duda, una cierta prudencia reflexiva, por decirlo en términos aristotélicos. Y la lectura, esa práctica profundamente humana que nos enseñó a conversar con nosotros mismos y con los demás.
* ¿Puede haber alguien más inerme frente al poder que quien "lo tiene todo clarísimo"?
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