Sin parar (nunca) de leer, sin (ninguna) prisa por escribir.
"Pensar es reflexionar sobre lo que se sabe." (H.- G. Gadamer) "La dificultad en filosofía está en no decir más de lo que sabemos." (L. Wittgenstein) "El hombre siempre es más de lo que se sabe de él." (K. Jaspers) "Porque no sirve para nada, por eso no está aún caduca la filosofía." (Th. W. Adorno) [ "Yo" = Alberto Rábano G. del Arroyo]
Autores, pensamientos, discursos diferentes, todos importantes, ninguno suficiente, como piezas de un mosaico heterogéneo que no encajan, aunque el conjunto a veces parezca tener sentido, como en una figura de Gaudí. Así también las piezas de la vida, de una vida, espero.
De qué modo incorporamos lo leído a nuestra vida (literalmente, a nuestro cuerpo, nos dice la biología de la memoria), cómo con-vivimos a lo largo de nuestra existencia con la (in)temporalidad propia de lo escrito, son misterios y maravillas de la lectura a los que nos acerca El silencio de la escritura de Emilio LLedó*. Interpretaciones y recuerdos que, como es sabido, tienen sus propias perspectivas, sus sesgos** y olvidos.
Dice esto Hegel en el primer capítulo de sus Lecciones sobre la filosofía de la historia universal:
"Sin duda el hombre ha de ocuparse necesariamente de lo finito; pero hay una necesidad superior, que es la de que el hombre tenga un domingo en la vida, para elevarse sobre los quehaceres de los días ordinarios, ocuparse de la verdad y traerla a la conciencia." ***
El filósofo está hablando ahí en realidad de la presencia y el saber del espíritu en la historia, pero desde que leí este texto por primera vez, hace muchos años, me quedé con esa afortunada expresión, "un domingo en la vida", y la he recordado (algo, pero no del todo, separada de su con-texto original) en algunos momentos de especial esplendor existencial. No recuerdo cuándo fue la última vez; hace ya mucho tiempo, seguramente.
Pues hoy es uno de esos días, hoy es domingo en la vida, y queda aquí registrado. Celebrémoslo, Freude!
* LLedó, E. El silencio de la escritura. Madrid: Espasa-Calpe, 1998.
** No puedo dejar de recordar ahora que sesgo, en portugués, esa hermosa lengua, es viés.
*** Hegel, G. W. F. Lecciones sobre la filosofía de la historia universal. Traducción de José Gaos. Alianza: Madrid, 1989 (p. 53).
Será la edad (la mía, ya un poco avanzada, y también la de esta época desconcertante de retrocesos y derrotas), pero me fatigan cada vez más los discursos compactos, estereotipados, tópicos (alimento idóneo para la IA) que escucho cada día en ámbitos muy diferentes. En el científico (y profesional, en mi caso), en el discurso político (salvo algunas excepciones), lo mismo que en la radio (también con excepciones interesantes), el taller del coche o en el supermercado. Me cansa tanta seguridad impostada, o más bien mimetizada e irreflexiva. Si no lo dices todo rápidamente y de un tirón es que no sabes de lo que estás hablando. El cuñadismo, el tertulianismo, tan ligados a la comunicación inmediata, son manifestaciones superficiales, posiblemente, de una tendencia profunda que tiene que ver con la evolución histórica del saber (los saberes) y del ejercicio del poder (biopoder)*. Pensar lo que se dice, lo que se va a decir, lo que se sabe, lo que se cree; habría que poner en marcha (y quién podría hacerlo si no es la filosofía) unas campañas públicas que promovieran la reflexión, la pausa, el silencio, la duda, una cierta prudencia reflexiva, por decirlo en términos aristotélicos. Y la lectura, esa práctica profundamente humana que nos enseñó a conversar con nosotros mismos y con los demás.
* ¿Puede haber alguien más inerme frente al poder que quien "lo tiene todo clarísimo"?
Análogamente, ¿puede uno saber con claridad y certeza lo que quiere (siempre me ha parecido saberlo, casi sin tener que preguntármelo), y a la vez no tener la más remota idea de lo que quiere (debe) hacer? Se ve que también esto es posible.
¿Puede sentirse uno a la vez feliz y desgraciado? ¿Puede uno ser, al mismo tiempo, inmensamente feliz (sí, la felicidad parece ser así, y tiende a la inmensidad, aunque sea breve) y totalmente desgraciado (también este sentimiento parece tender a una totalidad existencial)? Quizás no exactamente al mismo tiempo (en una escala temporal cotidiana, mesocósmica), sino sucesiva, alternativamente. Pues sí, se conoce que sí.
Preparar un texto, de verdad, es convivir con él durante una temporada, llevarlo con nosotros de aquí para allá, pensarlo a ratos, de día y de noche, acostumbrarse poco a poco a su presencia, cada vez más consistente... antes de escribirlo definitivamente.
Recuerdo las palabras (y la entonación característica) de Carlos Gurméndez cuando me hablaba de alguna crítica a la fenomenología (aunque en esa ocasión también mencionó a Tran Duc Thao, marxista y fenomenólogo, creo que hablábamos de Jindrich Zeleny, filósofo checo a quien yo estaba leyendo entonces): "es como si quisiéramos cerrar los ojos para ver".
Hay tiempos, como este, en que la vida (la humana y personal, bios) sufre una reducción fenomenológica (epokhé) temporal, transitoria (esperemos), como si eliminando casi todo lo que antes la conformaba quisiera dejar ver (vivir) solo lo esencial.
Me pregunto cuántas cosas hacemos solo (o principalmente) por tener, por buscar, algo de calma. Como la del mar, después de la tempestad, y de ahí viene el término en las lenguas romances, precisamente (a través del latín, del griego kauma). El portugués, tan poético, tiene para ello el término calmaria.
Una de las principales funciones de la literatura es la compañía, es ofrecernos la cálida, íntima y auténtica compañía de los autores. También la de aquellos que escribieron buscando la soledad (o huyendo de ella). Tan buena compañía, p. ej., como la de Cernuda ("te negué por bien poco"*).
* Soliloquio del farero (Invocaciones)
Mañana de domingo, silencio en el límite (entre lo acogedor y su contrario).
La vida rota, como dice la canción, e intentando recoger los trozos, con cuidado y paciencia; sabiendo (así me lo recuerda una buena amiga, Gamma), que aunque pudiéramos reunirlos todos, no conseguiríamos recomponer la figura original. Sería, será, otra figura, otra vida. Metamorfosis.
Los azares de la vida me han llevado a mudarme de casa acompañado de mi biblioteca. "Recomeça...", venía diciendo ya el poeta en la imagen adjunta (¿podré, realmente?). Nunca antes, claro, había llegado mi biblioteca a tener una realidad tan efectiva, tan contundente, tan física (volumen, masa, peso, inercia). Hay algo biológico, vegetal, en convertir temporalmente una biblioteca en un montón de cajas indeterminadas, inertes, almacenadas en la oscuridad. Y lo habrá también, espero, en verla brotar y florecer de nuevo allí donde deben estar los libros, a la luz, a mano, allí donde se funden, día a día, con nuestra memoria viva.
Ando ocupado últimamente, muy a ratos, con los determinantes o condicionantes (habría que pensar un poco más qué poner aquí) de la memoria propiamente humana, la que resulta del proceso de hominización, de la evolución humana. Ese será el objeto del próximo artículo. Es un campo diverso, heterogéneo, al que veo que conviene aproximarse con cautela y pocas ideas previas. Sin embargo, algunas va habiendo, o se van formando, al inicio del camino. Dos de ellas han resultado del trabajo (breve, rápido e intenso) de preparación de un artículo para la revista Trépanos (sobre la memoria en el pensamiento de Cordón): 1) el enorme desarrollo de la memoria de trabajo (working memory) como resultado de la evolución del lenguaje natural humano (la palabra, dice Cordón); y 2) la función clave, ligada también al lenguaje, de la memoria colectiva. Además, hay un papel, que todavía no sé ubicar bien en este pequeño esquema inicial, de la memoria autobiográfica. Por último (de momento), se me impone, (por decirlo con esta expresión tan de Cordón), especialmente en estos últimos días, la importancia funcional de esa forma de reconocimiento del entorno (de nuestro pequeño mundo inmediato) que rápidamente crea una sensación de familiaridad al menos suficiente como para mantener alejado das Ungeheure, lo inhóspito-monstruoso de Heidegger.
A veces hay que escribir deprisa, muy deprisa, sin tiempo para corregir ni para releer lo suficiente. Ni para pensar en lo escrito, sino solo en lo que se quiere decir, que se transcribe entonces con frecuencia envuelto en frases hechas, clichés, de modo más o menos automático. Quizá sea esa la función más importante de un texto escrito, atrapar una idea solo intuida y fijarla provisionalmente. Después viene la revisión, la corrección, pensando en la lectura, para que el texto se lea mejor, se comprenda mejor. Cierto es que esa mejor comprensión empieza por uno mismo y puede ayudar a desarrollar aun más el brote inicial de la idea intuida. Pero también podemos preguntarnos si se pierde algo en ese proceso, alguna frescura, alguna pasión original. Si hemos ocultado algo que, por ejemplo, no queda bien, no resultaba elegante en el texto. Si ese afán de perfección en lo escrito, lejos de ser un signo de autenticidad, de originalidad, nos equipara al resultado textual de, p. ej., un programa de inteligencia artificial. Pensaríamos entonces que es el estilo lo que nos protege frente a esa perfección impersonal. Y el estilo de cada uno ¿está en el borrador o en el texto mil veces revisado? Seguramente, hay aquí también un justo medio aristotélico que solo los sabios encuentran.
Asisto en un foro filosófico, en la web, a un debate, excesivo, quizás, sobre la extensión de las explicaciones/argumentaciones en las discusiones que allí se plantean. Lo retóricamente prolijo frente a la concisión, y sé que yo me encuentro en (por) principio de este lado, en el límite (ojalá) de lo poético. Es el pudor, creo, lo que gobierna en último término la expresión en estos QSY ‒este experimento.
Uno se pierde por falta de camino, y se dispersa por exceso de caminos. El límite, si existe, es función del tiempo (disponible). Y también, cuando uno se pierde, suele ser cuestión de tiempo que vuelva a encontrar el camino, aunque sea otro. El tiempo machadiano, "siempre todavía".
Decía Graham Greene que a él le bastaba con escribir 300 palabras al día para llevar adelante (cómodamente) su vida de novelista e ir escribiendo así, poco a poco, sus novelas (estupendas, por cierto). Naturalmente, escribir una novela implica mucho más que escribir(la), y exige sobre todo, siguiendo el aforismo latino, primum vivere.
Viene esto al caso por las cosas de la memoria, que nunca descansa. Va a buen ritmo la escritura del artículo de los priones, y hoy, cuando ya me he dicho "basta", he contado con Word las (nuevas) palabras escritas: 305.
Ayer por la noche, en un contexto tan modesto como auténtico (un teatro del barrio, pocos espectadores), vimos a un joven (muy joven) bailarín volar sobre el escenario, lleno de rabia, de creatividad, de belleza, y también (la salvación que él mismo parecía proponer), de ironía. Delicada e inteligente ironía para poder seguir creando y viviendo. Ya en casa, y poco antes de caer dormido, encontré en Eugénio de Andrade unas palabras esenciales que podrían resumir lo que habíamos visto.