domingo, 25 de enero de 2026

465. Aporías de la democracia: dos supersticiones

 Venía pensando en supersticiones más o menos cotidianas (§458), en el sentido de Adorno*, y es posible que dos juntas, o puestas en relación, se entiendan mejor que cada una de ellas por separado. Ambas tienen que ver con algo que podríamos calificar genéricamente como competitividad. Incluiré aquí un recuerdo, que me sirve de referencia personal: aquel tutor, o mentor, durante mi periodo de formación, que me decía (como principio de actuación que él mismo practicaba) que para llegar a ser jefe hay que empezar comportándose como un jefe.

Una superstición que llamaré social (o socioeconómica), y que lleva a muchas personas (muchísimas, creo) a pensar que, si se comportan como las personas que están socialmente por encima de ellas (en términos de clase), todo les irá mejor, a ellos mismos y a los suyos. Así pueden medrar tanto, p. ej., la educación y la sanidad concertadas y privadas, y así podría explicarse también ese voto electoral tan masivo (y tan inconsecuente) a los partidos de derecha.

A la otra superstición la llamaré científica, y es algo que vivo con frecuencia en el ámbito profesional. Se trata de expresar pública y frecuentemente lo importante y valioso que es el trabajo que uno mismo hace, y pensar que de este modo, si no lo es (o si no lo es tanto), acabará siéndolo. 

 

 * Adorno, Theodor W. Filosofía y superstición. Alianza: Madrid, 1972.  

 

 

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