De nuevo a vueltas con la memoria. En este último tiempo, por diferentes motivos, más o menos académicos, más o menos personales, todos ellos compartidos por la memoria autobiográfica. Tenemos que distinguir bien entre el pasado y el recuerdo. El pasado es insustituible, insoslayable, como en los versos de Rilke*. El recuerdo no, porque mira más al futuro que al pasado. El pasado está escrito en nuestro cuerpo y en nuestro mundo, en los seres humanos que lo conforman, aunque no sepamos leerlo (la mayoría de las veces). Está incorporado a nuestro presente, física, materialmente. Es la obra, humilde y fugaz, que somos; en cierto modo cerrada, cumplida, aunque siempre interpretable. Que todo ese pasado y su innegable sentido trascienda o no a nuestros sentimientos, pensamientos o sueños actuales, eso depende de muchas cosas; quizás, en gran medida, de lo que esperamos de él en cada momento.
(Monçao)
* “(…)
Todo una
vez, sólo una. Una vez y nada más. Y nosotros también
una vez. Nunca otra. Pero este
haber sido una vez, aunque sea una sola:
haber sido terrenal, no parece revocable.”
(R. M. Rilke, Novena Elegía, Elegías del Duino.)
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