Si tuviera que decir qué es para mí lo sagrado intentaría explicar de qué modo y por qué considero que lo vivo, lo viviente, la vida, puede alcanzar ese rango, esa categoría, si se hacen algunas precisiones necesarias: la vida, los seres vivos capaces de sufrir, p. ej. (es decir, capaces de sentir su propia fragilidad y finitud, y en muchos casos también las de sus congéneres); y en primer lugar, naturalmente, la vida humana, el ser humano.
Hay también, en el mundo propiamente humano (meta-simio, si pudiéramos llamarlo así), algo práctico, inmediato, cotidiano, que puedo llamar sagrado. Se trata de lo colectivo, lo común (material o simbólico), lo que no es de nadie y es de todos.
Desde este punto de vista (el de lo sagrado) podría decir que hay dos actitudes fundamentales entre los seres humanos, que traducen dos ideologías opuestas: la de aquellos que consideran que lo suyo, lo que les pertenece (o lo que desean poseer), es sagrado; y la de los que pensamos (sentimos) que lo sagrado es precisamente eso que no nos pertenece, y que entre todos debemos cuidar (lo público, tanto si es la sanidad o la educación como si es un parque; así como nuestro entorno natural, los bosques, los ríos, el mar, el aire). Eso que no es mío y que nunca podría ser mío, eso es lo sagrado.
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