Stoner, de John Williams (1922-1994) es una grandísima novela, con una escritura rica y honda que me recuerda a Melville. Es un homenaje épico a la enseñanza, también como profesión, al amor (y especialmente al amor imposible, o más bien difícil, por decirlo con el título de Calvino), y a la inmensa dignidad de una vida discreta y, a pesar de todo (y de la vida misma), con el más claro y satisfactorio sentido.
La novela está llena de episodios (cotidianos y profundos) y frases memorables, pero quiero quedarme ahora con uno que me parece especialmente significativo. Representa un momento crítico, decisivo, en la narración y revela la actitud fundamental de William Stoner ante las adversidades que se le van presentando en la vida (muchas, imprevistas y crueles). El profesor Stoner se ha negado a aprobar con su voto a un estudiante, Walker, que oculta su desidia e incompetencia bajo una máscara de retórica desafiante, y bajo una minusvalía física que comparte con otro profesor, Lomax, su protector, némesis de Stoner y próximo jefe del Departamento. El suspenso le impediría a Walker seguir cursando la carrera en esa universidad. Finch (vicedecano y amigo) no ha conseguido que Stoner cambie de opinión, y ambos charlan sobre las consecuencias que para este puede tener no haberse prestado a cambiar su voto en el último momento.
No tengo mejor argumento (ni ejemplo) que este para enfrentarme al "argumento de Pedro" (§488), esto es, el de la audacia moral, revolucionaria, que, en un mundo corrupto, puede suponer la mera decencia.
* Williams, J. Stoner. Traducción de Antonio Díez Fernández. Tenerife: Ediciones Baile del Sol, 2022 (p. 168).