lunes, 31 de agosto de 2026

500. Pero podemos intentarlo

 Stoner, de John Williams (1922-1994) es una grandísima novela, con una escritura rica y honda que me recuerda a Melville. Es un homenaje épico a la enseñanza, también como profesión, al amor (y especialmente al amor imposible, o más bien difícil, por decirlo con el título de Calvino), y a la inmensa dignidad de una vida discreta y, a pesar de todo (y de la vida misma), con el más claro y satisfactorio sentido. 

La novela está llena de episodios (cotidianos y profundos) y frases memorables, pero quiero quedarme ahora con uno que me parece especialmente significativo. Representa un momento crítico, decisivo, en la narración y revela la actitud fundamental de William Stoner ante las adversidades que se le van presentando en la vida (muchas, imprevistas y crueles). El profesor Stoner se ha negado a aprobar con su voto a un estudiante, Walker, que oculta su desidia e incompetencia bajo una máscara de retórica desafiante, y bajo una minusvalía física que comparte con otro profesor, Lomax, su protector, némesis de Stoner y próximo jefe del Departamento. El suspenso le impediría a Walker seguir cursando la carrera en esa universidad. Finch (vicedecano y amigo) no ha conseguido que Stoner cambie de opinión, y ambos charlan sobre las consecuencias que para este puede tener no haberse prestado a cambiar su voto en el último momento. 

"«Demonios», dijo Finch cansado. «Si no lo hace aquí puede ir a cualquier otro sitio a licenciarse, así que a pesar de todo puede que acabe aquí. Puedes perder en esto, lo sabes, no importa lo que hagas. No podemos deshacernos de los Walkers».
«Tal vez no», dijo Stoner. «Pero podemos intentarlo»."*

No tengo mejor argumento (ni ejemplo) que este para enfrentarme al "argumento de Pedro" (§488), esto es, el de la audacia moral, revolucionaria, que, en un mundo corrupto, puede suponer la mera decencia.

 

* Williams, J. Stoner. Traducción de Antonio Díez Fernández. Tenerife: Ediciones Baile del Sol, 2022 (p. 168).

 

 

domingo, 23 de agosto de 2026

499. Lo que vale la pena

 ¿Qué es lo que vale más la pena pensar? (Por decirlo con cierto aire heideggeriano). Sigue siendo eso, creo: esa línea de sutura, como vengo diciendo (zoé, bios), ese gozne, como decían Wittgenstein y Trías, aunque cada uno en un sentido algo diferente (y habría que analizar bien esta diferencia); ese intrincado espacio de contacto entre nuestra oculta e infinitamente compleja vida biológica (el ser vivo, el animal, el hominoide que  en el fondo somos, y también en la superficie) y nuestro diáfano mundo lingüístico, noético, cultural y tecnológico. Seguimos siendo en eso profundamente darwinistas, y fieles tanto al segundo como al primer Origen. 

Y todo ello, ¿para qué? ¿Entenderíamos así, p. ej., mejor a Rilke*? Precisamente, como decía Freud, llegaríamos con el pensamiento racional y la ciencia allí donde han estado siempre antes, con sus intuiciones, los poetas. Los grandes poetas se acercan a esa zona, a las "galerías del alma", con la palabra como único instrumento, en el límite de lo inefable, al servicio de la intuición, en sentido bergsoniano. Y nos ayudan, con sus poemas, a que nosotros intentemos hacer lo mismo. ¿Qué quiere decir estar vivo, sentirse vivo?, me preguntaba yo en mi proyecto de tesis. Eso, justamente eso que podemos intentar pensar científica y filosóficamente, e intuir poéticamente.

 

 * Digo Rilke como podría hablar de muchos otros poetas de los grandes. Eustaquio Burjau, excelente traductor de Heidegger, da cuenta, con cierta ironía, de la dificultad que entraña entender la poesía de Rilke en la Introducción a su propia traducción del poeta austriaco: "(...) ¿cómo es posible que un poeta tan difícil y que presenta un universo conceptual tan coherente y cerrado haya podido ser objeto de una atención tan pertinaz por parte de poetas y lectores? ¿Entendieron realmente a Rilke quienes lo leyeron con tanta pasión y se dejaron fecundar por él? (...) ¿Es posible que un poeta pueda influir en otros sin que estos lo hayan entendido del todo, o no lo hayan entendido en absoluto?" (Rilke, R. M. Elegías de Duino. Sonetos a Orfeo. Traducción de Eustaquio Burjau. Madrid: Cátedra, 2025, p. [50])

 

 

498. Las vacaciones, el descanso y el espacio abierto

 Unos días recientes de descanso pueden ser un buen motivo para pensar en qué consiste realmente esto de "desconectarse" en vacaciones; o por qué vuelve uno de estos retiros o viajes, más o menos prolongados, con un ánimo en cierto modo renovado. No quisiera perderme en consideraciones sobre lo "turístico" y lo ajeno que se ha ido volviendo todo eso para mí en los últimos años. En realidad, creo haber hecho poco turismo, más allá de haber visitado unos cuantos sitios interesantes más bien al acaso y preferiblemente a pie. Cada uno puede tener sus motivos o sus ganas particulares, más o menos conscientes, para irse de vacaciones, y tampoco voy a entrar en ese aspecto sociológico, pero una reflexión de este tipo, más bien banal, también podría ofrecernos alguna clave sobre lo que queremos dejar aquí cuando nos vamos, cuando nos ausentamos temporalmente (siempre con ganas y con cierta prisa). El contexto personal o familiar de las vacaciones, por último, es importante, naturalmente, pero no creo que afecte a lo que ocurre en el plano intencional y emocional que persigo ahora en esta breve reflexión (algo retrospectiva, como se verá a continuación).

 Unos pocos días tranquilos en el valle del Miño/Minho, en su tramo transfonterizo, me han hecho pensar que algo que me produce calma y sensación de descanso es el espacio abierto y claro, luminoso, como el que, de forma ejemplar pude contemplar desde Melgaço, hacia el Oeste en la dirección del curso del río, que allí queda oculto en el fondo del valle. O también en la ribera portuguesa del río, recorriéndola tranquilamente en bici, y disfrutando, casi en soledad, de una paz que solo en sitios como este es posible encontrar. Un espacio abierto, inmenso, y aun así de dimensiones humanas, asimilables, unitario y con sentido, por más que técnicamente (por decirlo de alguna forma), incluya dos países vecinos. Tanto da eso, aunque me sirviera en ese momento también para actualizar una metáfora geográfica, de hace algunos años, sobre mi condición híbrida (ciencia/filosofía), con motivo entonces de otro valle gallego (§224). Lo abierto (Das Offene), que me lleva, en uno de esos tránsitos que tanto me entretienen (así es mi Glasperlenspiel personal) a otro QSY más antiguo (§157) donde recordaba un artículo de Carlos Gurméndez en El País. Allí el filósofo y amigo, desde su Pontedeume vacacional (otro río y otro valle en Galicia), recordaba la crítica (filosófica, Auseinandersetzung) de Heidegger a Rilke sobre lo que significa el espacio abierto para el animal y para el hombre (Octava Elegía, Elegías de Duino). Como la cuestión es de las que me interesan especialmente, habrá espacio aquí en un futuro cercano para decir si en eso estoy con el filósofo o con el poeta. Es posible que el recuerdo de mi pequeño viaje por el valle del Miño me ayude a decidirme.